Clamor a Dios

“En cuanto a mí, a Dios clamaré; y Jehová me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Salmo 55:16-17)

El rey David había descubierto que la oración producía un cambio benéfico y productivo en aquel que la práctica. Entendía que nada le hacía tanto bien a su vida como la oración. La encontraba de provecho para su espíritu, su mente y su cuerpo. Era la mejor defensa contra sus enemigos. Mientras ellos acudían a alianzas ante las cuales muchas veces terminaban siendo los grandes perdedores y los tontos útiles, él perseveraba en la búsqueda de Dios, pues estaba seguro que ésta era su victoria. Su ruta, su camino, su descanso espiritual, su estrategia militar era la oración. A través de ella siempre encontraba todo lo que podía necesitar. De allí que exprese palabras tan contundentes y hermosas como:

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras” (Salmo 73:25-28)

Es fácil comprender entonces, por qué el rey David había adquirido el hábito de orar y clamar tres veces al día. Sus grandes necesidades, los innumerables peligros que tenía que enfrentar, las decisiones sabias que tenían que tomar y que afectarían a toda una nación, así lo requería. Pero, él no consideraba un precio alto, porque disfrutaba grandemente de esta renovadora y refrescante experiencia. Además, lo hacía con la absoluta confianza de obtener aquello que tanto necesitaba, pues estaba seguro en el amor y respaldo de su Papá Dios. ¡Era toda una aventura, salir a la acción, pero con Dios delante y a su retaguardia!

También nosotros podemos orar y clamar. Recuerde que clamar implica vehemencia, ahínco, grito de urgente necesidad. Es llamar la atención y requerir la ayuda del único que nos la puede brindar. Invoquemos al Señor en cada circunstancia de nuestras vidas, antes que hacer cualquier otra cosa. ¡Hagámoslo mañana, tarde y noche, y nos sorprenderemos!

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