sábado, 27 de abril de 2013

La voz que debo escuchar

El que menosprecia el precepto perecerá por ello; más el que teme el mandamiento será recompensado” (Proverbios 13:13)

Dios nos creó, nos conoce y nos ama. No puede haber alguien más confiable que Él. Entonces, sólo tiene sentido escuchar sus instrucciones y hacer lo que Él dice. La Biblia es la Palabra infalible para nosotros y nos da las claves de cómo caminar tomados de su mano y bajo su protección; Él nos da una bitácora de vuelo para que no nos estrellemos sino que, por el contrario, lleguemos sin percances a nuestro destino, ya definido por Dios, como una vida abundante.

Los mandamientos estipulados por Dios en la Biblia no son otra cosa distinta que la manifestación de su amor para con nosotros. El plan de Dios desde la misma creación del mundo fue el de darnos una vida plena y realizada. La única condición era que le obedeciéramos, pero lamentablemente nuestro corazón se endureció a tal punto que nos resultó imposible discernir la voz de Dios, y terminamos menospreciando nuestra propia bendición. Cuando tomamos decisiones en nuestra propia alma (intelecto, emociones y voluntad), y no por las instrucciones dadas por Dios en su Palabra, nuestra vida pierde el rumbo y definitivamente iremos directo al fracaso.

Pero, si no escuchamos la voz de Dios, ¿Qué otra voz podemos estar escuchando? Por un lado, podemos escuchar nuestra propia voz, la cual resalta siempre nuestra propia importancia y nos hace creer que siempre tenemos la verdad, haciéndonos sordos a la voz de Dios. Esto nos impide reconocer que no lo sabemos todo y nos inhabilita para seguir instrucciones.

Pero también hay voces externas, del mundo, que nos separan diametralmente de Dios, que seducen nuestra mente con ideas aparentemente inofensivas, donde todo está permitido, llevándonos al relajamiento de las buenas costumbres y a la búsqueda de lo temporal.

Recibamos este consejo y nunca lo olvidemos: Sólo hay una voz confiable y es la de Dios. ¡Escúchela!

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