Dios siempre esta al lado tuyo

PASAJE: Salmo 28
TÍTULO: DIOS SIEMPRE NOS ATIENDE 
“Jehová es mi fortaleza y mi escudo; en Él confió mi corazón, y fui ayudado, por lo que se gozó mi corazón, y con mi cántico le alabaré.” (Salmo 28:7)

El rey David fue uno de los siervos de Dios, que tuvo que pasar por las más duras pruebas y momentos de gran dificultad: la persecución por parte de Saúl, el destierro de su país, el menosprecio de su esposa, la muerte de tres de sus hijos, la traición  y la persecución de parte de Absalón, su amado hijo, su propia debilidad y su pecado.

Sin embargo, en todas estas circunstancias David encontraba que Dios era su roca, su refugio personal, su escudo, su fortaleza.  A ese Padre a quien buscaba no solamente en los momentos de angustia, sino a quien había aprendido a amar, a adorar, a depender y de quien no podía aislarse sin sentirse morir, también lo hallaba presto a su oración, en la hora de la necesidad.  Es por eso que David clama a voz en cuello y alzando sus manos hacia su santuario exclama:  ¡Bendito sea Jehová, que oyó la voz de mis ruegos... Jehová es la fortaleza de su pueblo, y el refugio salvador de su ungido” (Salmo 28:6,8).

También para nosotros los momentos de aflicción pueden convertirse en la más hermosa oportunidad para ver el respaldo incondicional y la salvación sobrenatural de Dios.  Si aprendemos a ver en cada situación difícil, una bendición oculta que está presta a manifestarse, podremos como David alabar y bendecir a Dios, y aun darle gracias por todo, aunque estemos pasando por momentos de angustia.  Porque...  ¡qué fácil resulta ser agradecido y estar presto a la alabanza cuando todo nos sale bien!, pero qué decir cuando viene la aflicción, ¡cuán difícil resulta para muchos alabar a Dios así!   

Aprendamos de hombres extraordinarios como David que en medio de la adversidad emergían victoriosos y más fuertes que nunca, porque descubrían que el que en Él confía, nunca será defraudado, que cuando actuamos con fe suceden milagros, que para el hijo de Dios hasta la más temible maldición se convierte en la más extraordinaria bendición.  Otro hombre de quien tenemos mucho que aprender a este respecto fue Habacuc, un profeta de Judá quien vivió para ver el cumplimiento de la profecía sobre el pueblo de Israel que anunciaba su caída y su invasión por los caldeos.  En medio de la catástrofe nacional que afectaba la vida del profeta y conmovía su corazón, este gran hombre exclama estas inolvidables palabras que seguramente enternecieron el corazón de Dios: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos...; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación.  Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar”  (Habacuc 3:17-19).

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