El valor de tus lágrimas

“Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo.” (2 Reyes 20: 5- 6)

 
El más grande privilegio que tenemos como hijos de Dios es que poseemos una audiencia privada con nuestro Padre Celestial que no tiene límites de tiempo ni espacio. La falta de conocimiento sobre la vida de oración y sus magníficos resultados nos ha llevado en muchas ocasiones a vivir una vida escasa de poder y victoria, o a debatirnos en medio del dolor o la desesperanza cuando vivimos situaciones que son superiores a nuestras fuerzas o conocimientos, y que se nos hace imposible soportar o resolver. Este fue el caso del rey Ezequías ante la llegada inminente de la muerte. Sin embargo, hizo lo único que podía y sabía hacer en estas circunstancias: Oró, y Dios fue propicio a su necesidad.

El poder de la oración es tan grande, que el Señor en su Palabra nos muestra de qué manera los hombres de fe alcanzaron sus propósitos y objetivos al disponerse a hablar con su Creador. Orar es comunicarnos de una manera directa con el único que puede dar solución a nuestras necesidades. A través de muchos momentos de gran necesidad, en los que hemos visto el respaldo sobrenatural y la gracia divina viniendo en nuestro auxilio o el de nuestras familias, hemos podido descubrir que existen varios principios que debemos aplicar para que nuestra oración sea respondida, los cuales se pueden resumir como sigue:

• Deseo Ferviente: Debe quemar ardientemente nuestro corazón. Una oración que no toca el corazón del que ora, tampoco tocará el corazón de Dios. Por esta razón debemos tener un genuino deseo delante de Dios. Ezequías lo hizo con lágrimas.

• Pedir: Algunas veces el corazón está deseoso, pero no obtiene lo que quiere, pues no hace una petición conforme a la voluntad de Dios.

• Obediencia: Dios oye nuestras oraciones, pero es necesario que aprendamos a escucharle primero. Dios escucha la voz de aquellos que le obedecen.

• Fe: Es creerle a Dios, tener confianza en su misericordia y en su poder. Saber que lo que se espera en Él, llegará; lo que no se ve, se hará realidad.

• Alabanza: ¡Alegrémonos y demos gracias! La respuesta efectiva y certera siempre va precedida por la alabanza y la gratitud, pues esta es una actitud que viene de la confianza en que Dios es nuestro Padre y nos ama, y no en la urgente necesidad de ver resuelto un problema
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos:¡Abba, Padre!
 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.
 Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.
 Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.
 Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.

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