Mi refugio

“Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás.” (Salmo 32:7)

Una de las historias preferidas de los hijos cuando estaban pequeños, era la de los tres cerditos. Les encanta que se les repitiera una y otra vez cómo uno de ellos había construido una casita tan resistente y poderosa que el lobo, por más que sopló con todas sus fuerzas, no la pudo derribar. Aunque tomó más tiempo construirla pues tuvo que fabricar sus propios ladrillos y mezclar el cemento, quedó tan sólida que sirvió para protegerlo a él y a sus dos hermanos, quienes por ahorrar tiempo y esfuerzo, construyeron unas casitas con lo primero que encontraron en el campo: paja, palos de madera, cartones, etc. Así que las casas que construyeron fueron endebles y frágiles, y con gran facilidad el lobo las echó abajo.

La moraleja se aplica perfectamente a nuestro diario vivir. La vida está llena de situaciones de las que debemos aprender a sacar el mejor provecho posible, circunstancias que a diario ponen a prueba nuestro carácter y dificultades que nos desafían no a ser mejores, sino excelentes.Muchos buscan ayuda infructuosa y refugios que los dejan totalmente vulnerables: el esoterismo, un amigo, un préstamo, el amor de alguien. Pronto este refugio cae, quedando nuestra vida totalmente expuesta y en peligro.

Por el contrario, Dios nos promete permanente y poderosa protección. Por más fuertes que creamos ser, nunca nuestras fuerzas serán superiores a la fortaleza que nos da el Señor. Por eso debemos apropiarnos de esta promesa y creer que sólo el Señor puede ser nuestro refugio, nuestro lugar seguro, donde ningún enemigo nos puede alcanzar, donde nada ni nadie nos puede dañar; donde toda necesidad tiene respuesta y ninguna preocupación llega a convertirse en angustia. ¿Qué clase de refugio buscamos?


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