Somos una sola carne

“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Efesios 5:31)

El mundo se debate en medio de la desintegración familiar y la disolución del vínculo sagrado del matrimonio. Cada vez, de una manera más fácil y rápida, los hogares se destruyen lesionándose profundamente las bases mismas de la sociedad. Sin embargo, surge la esperanzadora palabra de Dios, asegurando que es posible la paz social porque es posible la unidad familiar. Es posible que hombre y mujer se amen a tal punto que quieran renunciar a su vida egoísta y decidan vivir el uno para el otro, y juntos para sus hijos. Dios asegura la bendición y el respaldo total al matrimonio y a la familia.

Sin embargo, es prácticamente imposible establecer una relación ideal que disfrute de una unión indivisible a través del vínculo perfecto del amor, a menos que tanto el hombre como la mujer estén dispuestos a establecer una íntima relación con Jesucristo. El consejo de la virgen María a los sirvientes, en aquella sencilla boda de Caná de Galilea, sigue siendo vigente hoy para cada uno de los que tenemos la responsabilidad y el privilegio de formar un hogar: “Haced todo lo que os dijere” (Juan 2:5)

Si seguimos las instrucciones que Dios nos da, será posible estar casados y ser felices. La primera instrucción, después de establecer una correcta relación con Dios, es hacer del matrimonio la relación prioritaria, por sobre todas las demás. No significa descuidar las otras, por ejemplo, la relación con los padres; no se trata de hacerlos a un lado, o dejarlos en un segundo plano. Lo que Dios nos enseña es que ahora esposo y esposa son uno solo, y los padres merecen amor y honra de parte de los dos.

Pero en cuanto a los esposos, ninguna influencia puede ser mayor entre ellos que la de Dios. Busquemos establecer en cada matrimonio la unidad que es en torno a Él y a su Palabra. Veremos entonces el respaldo, la protección y la bendición a los hogares, de tal manera que nada ni nadie los pueda separar: Siempre se mantendrán unidos, indivisibles, inseparables, es decir, una sola carne. Permitamos que el amor de Dios llene nuestros corazones y el de nuestros cónyuges para que nunca se apague el amor en los corazones.

“Señor, gracias por este nuevo día que nos permites vivir, por tener un hogar, un trabajo unos hijos y especialmente una esposa (o). En este día tomamos la decisión de amar a nuestro cónyuge, de acercarnos para darle un beso y abrazarle con ternura, pedirle perdón y comenzar de nuevo. Sé que nuestras buenas intenciones no son suficientes para mantener el hogar. Te necesitamos a ti. Toma el control de nuestra familia. Siéntate en el trono de nuestro hogar. Te declaramos nuestro Rey, nuestro Príncipe de Paz. Te pedimos que hagas de cada miembro de nuestra familia, la persona que Tú quieres que seamos. Someteos unos a otros en el temor de Dios, las casadas estén sujetas a sus propios maridos, maridos, amad a vuestras mujeres, el que ama a su mujer, a sí mismo se ama; porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.” Amén

Reenvíelo a quienes usted cree que necesita este mensaje, se lo agradecerá.

Mensaje basado en el devocional  "Llamado a la oración Lolita Cruz de Chamorro".

rc


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