“Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz...” (1 Reyes 19:13)
PASAJE COMPLEMENTARIO: 1 Reyes 19:1-18

Elías fue uno de los más grandes profetas que existió. Su nombre significa: “Jehová es mi Dios”. En su época, ejerció un poderoso ministerio como resultado de vivir permanentemente en la presencia de Dios y experimentar la incesante unción del Espíritu Santo. Esto se manifestó en gran cantidad de señales y de prodigios que fueron realizados a través de él, como la predicción de una gran sequía que efectivamente azotó a Israel y sus alrededores por espacio de tres años y la respuesta de la lluvia gracias a su oración; el providencial sustento que Dios le dio en medio de la escasez; la resurrección de un niño por su mano; el fuego que descendió por su oración y consumió el holocausto; la unción de reyes, y la elección del profeta Eliseo, entre otros.

 

A pesar de experimentar una vida de poder y de ver tan palpables, los hechos prodigiosos de Dios, Elías descuidó ir a la fuente de su vida, de su poder, y de su unción. Ante las amenazas de Jezabel, la esposa del rey Acab, se llenó de temor y comenzó a evidenciarse en él, la manifestación de su “sequedad”. Perdió la visión de quién era su poderoso Dios y que su vida le pertenecía a Él, quien le cuidaba y le protegía. Al perder la visión de Dios, perdió también la de sí mismo, pues olvidó que había sido escogido por el Altísimo para ser un profeta y siervo suyo.

 

Perdió su valía, su estima, se engañó a sí mismo y deseó morir. Pero hay un Dios amoroso en los cielos, que está presto a auxiliarnos, aun cuando nosotros nos alejemos de Él. Aunque Elías había dejado secar su unción, el Señor le introdujo en un hermoso proceso de “seducción” para acercarlo a Él nuevamente, para que recuperara su confianza y su fe. Después de muchas señales, se le manifestó en medio de un “silbo apacible”, ratificándole que Él era la fuente de su Paz.

Como Elías, también podemos pasar por momentos difíciles, que nos hacen perder la confianza y nos roban la paz. Hay circunstancias que prueban nuestra fe y nuestra convicción. Hay momentos en los que tiene que desplegarse con fuerza el poder de la unción que nos ha sido dada de lo alto.

Sin embargo, si hemos estado en la presencia de Dios, en forma continua y permanente, si estamos experimentando la unción de su Espíritu como consecuencia de nuestra obediencia a su Palabra, no habrá dificultad que nos haga flaquear. Nos mantendremos victoriosos y fuertes; y si hemos desfallecido, Él nos reconfortará, nos alentará y nos devolverá el valor y la confianza. Escucharemos también ese silbo apacible y delicado... y oiremos su voz.

 

HABLEMOS CON DIOS:
“Amado Señor, gracias por este nuevo día, por permitirnos recuperar la confianza en Ti, por reconfortarnos y por estar cuando más te necesitamos, confesamos que muchas veces hemos dudado de Ti. Hemos caído en la desesperanza y hemos pensado en dejarte a un lado. Hoy te damos gracias porque Tu Palabra nos enseña que aún los hombres más usados por ti, experimentaron temor. Hoy te pedimos que ante toda situación de miedo, duda y aflicción, seas Tú mismo quien nos levantes y nos sostengas. Que nunca olvidemos que tu Presencia está en nosotros, para darnos la fuerza y el valor que necesitamos para continuar sin desfallecer, Amén”.

 

Reenvíelo a quienes usted cree que necesita este mensaje, se lo agradecerá.

Mensaje basado en el devocional  "Llamado a la oración Lolita Cruz de Chamorro”.

rc


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