domingo, 30 de marzo de 2014

DISEÑADOS PARA FLORECER Y DAR FRUTO

“Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano. Se extenderán sus ramas, y será su gloria como la del olivo, y perfumará como el Líbano. Volverán y se sentarán bajo su sombra; serán vivificados como trigo, y florecerán como la vid; su olor será como de vino del Líbano” Oseas 4:5-7

PASAJE COMPLEMENTARIO: Isaías 43:15-21; 44:1-4; Juan 4:10-14

En este hermoso pasaje, Dios compara nuestra vida con la del ser más benéfico de la creación: el árbol. Si tenemos presente esta comparación, entonces entenderemos que Dios es para nosotros ese rocío que refresca, vivifica y reverdece cada mañana nuestra vida, de tal forma que esta tiene que reunir las siguientes características:

-Poderosas raíces que lo sustentan firmemente: Habla de un carácter firme, seguro y radical pues se sustenta en Dios y en sus principios eternos
-Ramas que crecen y se extienden extraordinariamente: Habla de una vida próspera que se enriquece dando a los demás

-Gloria como la del olivo (por el aceite valioso que dan sus frutos y porque ha venido a ser emblema de prosperidad, belleza, fuerza, paz y bendición divina): Fortaleza, belleza, prosperidad y una dulce paz interior
-Perfume como el Líbano (Tierra muy fértil de magní
ficos bosques): Influencia benéfica que se esparce por todas partes y alcanza a todas las personas

-Sombra que descansa y alienta: Presencia que acompaña y apoya, alienta y consuela -Frutos que vivifican al hambriento: Conoce profundamente y transmite la Palabra de Dios -Flores que alegran el corazón: Es notoria en su vida la Verdadera Belleza
-Olor que deleita el alma: Lleva siempre el olor de Cristo a donde va.

Muchos hombres y mujeres han anhelado esa vida sobrenatural pero han rechazado todos los esfuerzos de Dios para relacionarse con ellos de manera íntima y personal. Cuando cada uno de nosotros comprende que el que nos sustenta es el Señor, dándonos poderosas raíces sobre las cuales apoyarnos y afirmarnos, entonces entenderemos que nuestra única responsabilidad consiste en permanecer allí donde somos sustentados y vivificados.

HABLEMOS CON DIOS

Mi Señor, hoy te rindo mi corazón, te ruego que lo riegues y sustentes con los ríos de agua de vida que brotan de tu Santo Espíritu. Mi espíritu y mi alma necesitan ser vivificados por tu amor, para que pueda dar benéficos y maravillosos frutos que alegren tu corazón y el de todos aquellos que has puesto alrededor de mí. Amén. 


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