martes, 26 de agosto de 2014

Devociónal del día

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LA ALABANZA, UN LENGUAJE DE AMOR

“Alabad a Dios en su santuario; alabadle en la magnificencia de su firmamento. Alabadle por sus proezas; alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza”. (Salmo 150:1-2)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Salmo 145:1-21

En momentos difíciles, la alabanza trae refrigerio a nuestro corazón. Nuestras palabras, mezcladas con hermosas notas musicales (fruto de labios que confiesen su nombre), llegan a los oídos de Dios, y traen bendición y liberación a nuestras almas (Hebreos 13:15).

En los salmos, sin duda, el himnario de la iglesia primitiva, descubrimos una impresionante descripción de ese Dios que merece nuestra alabanza y adoración. El salmo 150 nos ilustra sobre cómo alabar a Dios:

* En su santuario: Nos habla del lugar en donde debemos exaltarle.

*En la magnificencia de su firmamento: Por su grandeza y la manera hermosa como ha creado el universo.

* Por sus proezas: Él nos ha hecho vencedores ante todas las batallas a las cuales nos enfrentamos cada día.

* Conforme a la muchedumbre de su grandeza: Su esplendor nos motiva a levantar la voz, reconociendo sus prodigios, milagros y señales.

* ¿Con qué se alaba a Dios?: Con bocinas, con salterio y arpa, con pandero y danzas, con cuerdas y flautas, con címbalos resonantes, y con címbalos de júbilo.

El saber que todo fue creado para nuestro bienestar, nos lleva a alabarle espontáneamente. La alabanza nos conduce a la intimidad con Dios, a disfrutar de su grandeza, y como consecuencia, nos deleitaremos en sus manifestaciones. Hagamos hoy, de la alabanza, ese lenguaje de amor que le permita acercarnos a Él y disfrutar de la plenitud de su Presencia.

HABLEMOS CON DIOS:

“Te alabamos Dios porque grandes son tus obras, toda la creación cuenta de tus maravillas. Cuanto más te alabamos, más disfrutamos de tu Presencia y se hace más grande nuestro anhelo de intimar contigo, de agradarte y conocerte. Gracias porque ese fue tu plan para con nuestras vidas, Mi Dios y rey, ¡siempre te bendeciré y alabaré tu grandeza! ¡Grande eres, nuestro Dios, y mereces nuestras alabanzas! ¡Tanta es tu grandeza que no podemos comprenderla! Nosotros hablaremos del poder, belleza y majestad de tus hechos maravillosos; pensaré mucho en ellos y los daré a conocer a mis hijos. Hablaremos de tu inmensa bondad, y entre gritos de alegría diremos que eres un Dios justo. Dios mío, tú siempre cumples tus promesas y todo lo haces con amor. Siempre estás cerca de los que te llaman con sinceridad. Tú atiendes los ruegos de los que te honran; les das lo que necesitan y los pones a salvo. ¡Mis labios siempre te alabarán! ¡La humanidad entera te bendecirá ahora y siempre!” Amén


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