sábado, 7 de noviembre de 2015

UN NUEVO CORAZÓN

¿Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre? (Deuteronomio 5:29)

PASAJE COMPLEMENTARIO: Proverbios 23:26; Isaías 29:9-24

Si hay algo que nuestro Padre Celestial anhela de nosotros sus hijos, es que tengamos un verdadero temor para obedecer y guardar sus mandamientos. Muchas veces podemos ser emocionales y ligeros al decir que amamos a Dios y que estamos dispuestos a llevar cabalmente la vida que Él demanda que vivamos.

El versículo anterior expresa el profundo anhelo de nuestro Padre Dios, de ver en nosotros, sus hijos, un corazón libre de prevenciones, desconfianza y rebeldía. Él anhela que cultivemos un corazón lleno de amor, respeto y confianza en Él y en su Palabra. Un corazón que busque por encima de todo, hacer su Voluntad. Seguramente muchas veces hemos hecho igual que el pueblo de Israel, que se comprometía a guardar los preceptos divinos, sobretodo cuando les iba mal, para luego, olvidar sus promesas y caer nuevamente en la dureza de su corazón, en la terquedad y en la indiferencia. Y lo peor de todo, era que arrastraban males para ellos y para sus hijos.

Nuestra vida cristiana debe centrarse en entregarle cada día, y a cada instante, nuestro corazón a Dios, para que Él lo siga tratando, transformando y sanando; para que se mantenga obediente a su Palabra y compasivo y sensible hacia las necesidades de los demás. A veces podemos preguntarnos ¿Por qué no estoy viendo bendición en mi vida, en mi familia, en mis hijos, en los negocios? La dificultad puede originarse en la desobediencia a su voluntad, respecto a guardar sus mandamientos todos los días.

Las ordenanzas las estableció Dios para enseñarnos el estilo de vida que debemos tener, y así garantizarnos la vida de prosperidad y bendición que todos anhelamos. El Señor muy claro lo expresa en su palabra: “...para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre...” Dios conoce nuestro corazón y por eso es preciso que cada día se lo entreguemos, y de esta manera, podamos renovar nuestros pensamientos y disponernos a llevar una vida de obediencia, a fin de alegrar su corazón.

El Señor nos llama a ser genuinos en nuestra oración, y en las promesas que le hacemos; si hemos decidido entregarle nuestra vida a Dios, hagámoslo de verdad, rindamos todo nuestro ser ante Él y dejemos que el mude ese corazón necesitado, obstinado y débil, en uno nuevo, puro y renovado.

HABLEMOS CON DIOS:

“Padre hoy me acerco a tu Presencia, para rendirte mi corazón, cámbialo, transfórmalo en uno nuevo; capacitado para obedecerte, guardar tus estatutos y dispuesto siempre para agradarte, Amén.” 

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