Una chica le dio un vaso de leche a un niño y un día esto cambió su vida

Una chica le dio un vaso de leche a un niño y un día esto cambió su vida

Siendo un adolescente, Howard Kelly era muy pobre. Para ganarse el pan de cada día y el dinero para estudiar, trabajaba de mensajero repartiendo mercancía de casa en casa. Un día no tenía ni un centavo en sus bolsillos. Sufriendo de hambre, decidió tocar las puertas de la casa más cercana y pedir comida. Se sentía terriblemente incómodo, sin embargo, cuando se acercó a la casa, se armó de valor y pensó: no importa si me lo niegan, voy a intentar. Su mano alcanzó el timbre y oprimió el botón varias veces. Sin embargo, cuando le abrió la puerta una chica joven y muy bella, Howard se sintió incómodo. De su reciente determinación no quedó ni una huella. Se sintió avergonzado de pedirle comida. Y entonces, tartamudeando de emoción, dijo:

— ¿Podría... pedirle... un vaso de agua?

La chica se dio cuenta de que el joven desconocido tenía hambre, y le dio un vaso grande de leche. Howard se la bebió despacio y preguntó:

— ¿Cuánto le debo?

— No me debes nada -respondió la chica- Mi mamá me enseñó a no cobrar nada por las buenas obras.

— En ese caso, ¡se lo agradezco de todo corazón! -respondió el muchacho-.

Cuando Howard Kelly salió de la casa de la chica, no sólo se sintió más fuerte física sino también moralmente. Ahora estaba seguro de que mientras en el mundo existieran personas tan generosas y bondadosas, todo iba a estar bien.

Pasaron muchos años. Un día una mujer se enfermó gravemente. Los médicos locales no sabían qué hacer. Al final de cuentas, decidieron mandarla a una ciudad grande a que le realizaran estudios los especialistas con experiencia.

Entre los doctores invitados a la consulta estaba también el doctor Howard Kelly. Cuando supo el nombre del pueblo del cual venía la señora, su rostro expresó alegría. De inmediato se levantó y fue a visitarla. La mujer, cansada del viaje, estaba dormida. El doctor entró en su cuarto y la reconoció a primera vista. Sí, era ella, la chica que un día le regaló un vaso de leche.

Al estudiar su caso y los resultados de su análisis, al médico le cambió la expresión facial pues la señora estaba condenada. El doctor regresó a su consultorio y se sentó un rato en silencio, reflexionando. Pensaba en esa mujer, en su impotencia para ayudarla, en las injusticias del destino. Pero cuanto más pensaba, más firme se volvía su mirada. Al final, salto exclamando: «No, ¡haré todo lo posible y lo imposible para salvarla!»

A partir de aquel día, el doctor Howard Kelly le otorgaba una atención especial a la paciente. Y luego de ocho meses de una lucha larga y determinada, el doctor Kelly venció la temible enfermedad. La vida de la joven mujer ahora estaba fuera del peligro. El doctor pidió que facturaran el tratamiento a su nombre. Cuando se lo entregaron, la cantidad era enorme. El doctor Kelly miró la factura, tomó su bolígrafo, escribió algo ahí mismo y pidió que se la llevaran a la paciente.

Al recibir la factura, la señora tenía miedo de mirarla. Estaba segura de que iba a tener que trabajar duro el resto de su vida para pagarla. Al final de cuentas, con un gran esfuerzo mental la abrió. Y lo primero que vio fue la frase escrita a mano que se ubicaba justamente debajo de la línea «A pagar». Las lágrimas de alegría llenaron sus ojos, mientras que su corazón se llenó de una gratitud infinita. La inscripción decía: «Pagado por completo con el vaso de leche. Doctor H. Kelly».

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